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Luffy sorprendido
¡¡Atención!! Este es el 19º artículo destacado.
«Una batalla ganada, una guerra perdida» ha sido elegido por los usuarios como uno de los mejores de esta Wiki.

Aclaraciones

Ésta es la historia de Autumn, pero no quería ponerle ese título como Eric otras personas, por lo que me decidí por un nombre más extravagante si puede decirse así. Ésta historia será narrada por un narrador externo que verá las cosas desde diferentes puntos de vista, cambiando continuamente, sin seguir un orden y sin ser intermitente. Asimismo el único protagonista será Autumn, y la única persona que tiene seguro de vida, así que no crean que por ser una u otra persona les garantizaré que su personaje favorito no morirá. Además, que se refieran en la mayor parte de la historia contada hasta ahora como "muchacho" o "chico" a Autumn tiene un porqué, no creáis que es un error y que he olvidado que puedo poner ese nombre en la historia. He de mencionar que todos los capítulos tendrán por lo menos una referencia a una serie, libro, juego o escrito que mi persona haya presenciado, ya sea en el título o en la historia en sí. Sin más que decir, me despido.

Personajes

Anteriormente...

Lo muerto no vuelve a morir

Capítulo I —"He ganado cada batalla"

Así, el chico había despertado para dar la cara a un nuevo día, con al menos un poco de esperanza de que ése en particular no fuera tan soporífero y monótono como los... doscientos veintitrés días anteriores. Había soñado de nuevo con la historia que le había hecho contar a su abuela por enésima vez la noche anterior, que predicaba que todo héroe debía ganar al menos una verdadera batalla –Y no una batalla de palos de madera, petos de plástico y cubetas en la cabeza– con un villano para poder obtener el título. Y desde que la había oído por primera vez cuando tenía tres –Sí, recordaba ese día, algo sorprendente, su abuela se sorprendió de la memoria de su nieto– soñaba todos los días del año con que él era un héroe, y cuando despertaba, enérgico y alegre, buscaba cualquier forma para que las personas de su pueblo lo tomaran como tal, después de todo, ya tenía once años, ya era un chico grande. Se había propuesto que ese día sería diferente a los demás y se haría notar en el pueblo para que no lo recordaran siempre como “cabeza-cubeta”, apodo que le habían dado los chicos del pueblo gracias a que una vez hace dos años se había puesto a entrenar con un bote de basura y con una cubeta en la cabeza, cada vez que oía el apodo perdía la sonrisa que obtenía al despertarse imaginando su lápida con éste apodo grabado. Y si bien no le molestaba que lo llamaran así, no quería tampoco que fuera un apodo perpetuo.

Por lo que, retiró de su cuerpo la sabana que tenía encima, que si bien era gruesa en las noches hacía tanto frío que aún con tres de esas sobre él su cuerpo podía congelarse con suma facilidad, procedió a levantarse tratando de hacer el menor ruido posible, pero para su mala suerte cada pisada que hacía sobre el suelo de madera lograba producir un crujido que se acompañaba de un rechinado intenso que no solo hizo que su perro se despertara sino también que todo ser que habitara en la casa lo hiciera, aprovechando que se había despertado, revolvió el pelo de su perro sin moverse, que movía la cola y jadeaba con ganas de que no se detuviera. Cuando llegó a la cocina pudo notar como las ratas que habitaban en su casa corrían asustadas por el sonido, se tropezaban entre ellas y hasta algunas salían de la casa, por las ventanas, por los pequeños huecos que había en las paredes de madera, por todos lados –Cosa que no creyó que pasara ya que ni la escopeta de su abuela había podido espantarlas–, eran más de cinco y menos de diez, sólo eso sabía de su cantidad, y no estaba muy seguro. Se paró en medio de la cocina e inhaló cuando oyó que algo proveniente del cuarto de su abuela se movía, si lo encontraba despierto tan temprano lo haría volver a dormir, trataba de que se aislara del resto de las personas lo más posible y también trataba de convencerlo de que el mejor lugar en dónde estar era en su casa. Pudo exhalar cuando vio a una rata pasar a su lado y salir por la inexistente puerta de su casa.

Al estar en una posición en la cual se le hacía fácil mirar toda la casa, ya que la cocina era el centro de ésta, que constaba de tres “habitaciones” –Separadas en realidad por cartones, por lo que todo sonido se oía fácilmente entre estas–, pensó en lo que haría y la forma de ejecutar sus acciones con la menor cantidad de movimientos posibles, desde una edad muy pequeña se había visto obligado a ésto por la sobreprotección de quien era la madre de su padre. Al haber terminado de pensar solo faltaba hacerlo, por lo que saltó con un píe sobre una de las ratas atontadas que aún no había salido, la rata emitió un pequeño chillido que retumbó en la casa menos que sus pisadas anteriores; había aterrizado sobre su cabeza más exactamente, intentando no hacer un reguero de tripas en el suelo y un olor terrible. Ahí tomó una de las tres rodajas de pan que quedaban para comer esa semana con su mano izquierda, la pared con el espacio vacío en el cual debía haber una puerta –Pero que nunca les había alcanzado ni el dinero ni la madera recolectada para construirla– aún se encontraba un poco lejos, por lo que se obligó a agarrar a la rata, cerrar un ojo mejorando así su puntería –Ésto sí le funcionaba, por alguna razón– la soltó y la pateó cuando aún estaba en el aire al hueco, sacándola de la casa, después recordando que no tenía nada más que hacer en aquella casa fría y vacía, con un impulso de sus dos piernas apenas saltó hacia el hueco en el que debería haber una puerta y salió afuera de su casa, se arrodilló sobre la nieve que cubría el pasto que apenas se veía y se movió lo más posible hacia adelante pero sin llegar a tocar su casa de nuevo, tomó la rata con su mano derecha que había quedado a pocos centímetros de su casa y la tiró hacia las muchas bolsas de basura que se amontonaban en el único bote de basura existente en su pueblo, los habitantes de éste eran tan vagos para comprar entre todos al menos otro, y el desconsiderado alcalde no tenía tampoco planes de comprar algunos.

Terminó de comer su rodaja de pan aún arrodillado y se levantó, el viento níveo chocó contra su cara e hizo que su cabello marrón que le llegaba hasta las orejas se moviera hacia la derecha, él era un chico de una estatura baja, de tez blanca pero sin llegar a ser pálida, pocos ropajes contra el frío gracias a que no poseía el dinero para comprarlos, una cara alegre pero sin llegar a ser frágil, sonrió cuando le dio la espalda a su casa, viendo logrado su primer objetivo del día, salir sin que su abuela se despertara, corrió hacia la plaza del pueblo, era aún tan temprano que no había ni una persona despierta en aquél momento, excepto él. Visualizó el símbolo de la ciudad, en la torre más alta de ésta que estaba en el centro de la plaza –Tenía el alto de diez casas, la pintura negra que antes había en ella había desaparecido a lo largo del siglo en el que había sido fundada la ciudad y desde entonces nadie la pintaba– , dibujado en su parte posterior, un águila azul emprendiendo el vuelo hacia la luna, sonrío con entusiasmo, exhaló y sacó las pinturas, los pinceles y las brochas que había tomado “prestadas” y había escondido en uno de los lugares más recónditos de la torre, lugar donde el polvo se había asentado mejor que una garrapata a un perro, y al igual que con la basura, nadie hacía el mínimo esfuerzo para limpiarla.

Así ganó su primera batalla contra el sonido que había amenazado el sueño de las personas.

Capítulo II — La luna que cae

En el momento en que el sol ya tenía una posición adecuada, los gallos empezaron a cantar, hay quienes decían que los gallos estaban celosos del sol, y que no cantaban si no que trataban de espantarlo para que se alejara de sus gallinas las cuales desde su nacimiento estaban enamoradas del sol, se dice que una vez todas las gallinas se despertaron y asimismo todos los gallos del mundo, que trataron de espantar al sol, que había sido tapado por la luna para enamorar a las gallinas del mundo y que le sirvieran.

–Qué estupidez –Había pensado el chico en el momento que se enteró de los murmullos de algunas personas del pueblo–, todos saben que el sol y la luna son esposos, la luna jamás ayudaría al sol a conquistar a las gallinas –Sí, se había dejado influenciar también por las creencias de su abuela, quien siempre tenía una explicación para satisfacer la curiosidad que sentía a menudo el chico.

La gente que se había despertado gracias al cántico de los gallos y que mayoritariamente pasaba por la plaza para hacer una u otra cosa, para ir a algún lugar o para simplemente pasar ahí la mañana, quedaban asombrados y horrorizados al mismo tiempo, sus bocas no podían cerrarse y se terminaron de despertar gracias a que observaron en el mayor símbolo de la ciudad, o en realidad, que no observaron. En la parte posterior y la única visible desde la plaza se podía ver en una de las partes mas altas de la torre como se había cubierto el águila en la luna de blanco y encima de ése circulo podía verse a la luna con un cráter gigante en ella –Como si alguien hubiera pegado un gran mordisco a ésta–, cayendo directo a la tierra, bajo de ella se vislumbraba una águila roja comiéndose a la característica águila azul que representaba a la ciudad, poniendo un píe sobre ella mientras la picoteaba, obviando que había pintado sobre el símbolo de la ciudad, la pintura era una verdadera obra de arte, pero lo peor y lo que hizo que el alcalde se enrojeciera tanto como un tomate –Tanto de la ira que sentía por lo que veía como de la vergüenza que lo invadió al ver que pudieron hacerle éso a la torre aún con él al mandato– fue el ver a el chico de pelo castaño –Que apenas se veía por la cualidad intrínseca de la nieve de ser blanca que había recubierto su cabello– en la punta de la torre sostenido por apenas una mano al hierro que sobresalía de la parte más alta de ésta, dando vueltas como si fuera algo divertido lo que acababa de hacer, como si fuera un mono de circo... y él el payaso, segundos después, el chico gritó:

–¡¡ESPERAD, Y VERÁN QUE NO ES LO ÚNICO QUE PUEDO HACER!! –Pregonó a los cuatro vientos, como si no se lo dijera solo a las personas de su pueblo, si no también a todo el mundo, diciéndoles que esperaran mucho más de él.

De ahí, saltó hacia atrás, todos creyeron que se suicidaría, que moriría haciéndose notar y que los perseguiría en forma espectral por el resto de sus días, haciéndose notar también de esa manera. Pero él tenía una visión diferente de las cosas, no era tan estúpido, no iba a acabar ahí, con un simple y pequeño acto de vandalismo, él debía de dejar una marca en el mundo, así, con la fuerza necesaria en el salto, pasó por un hueco hecho por él poco antes de empezar en la torre y cayó sobre mucho heno que amortiguó lo que habría podido ser su muerte. Se había dejado caer como si de un niño y una cama se tratase, con los ojos cerrados y una sonrisa en la cara, y eso imaginó en la corta caída, el heno era la almohada de plumas que amortiguaría la caída a su cama. Aún no había terminado de pararse cuando las voces de decenas de personas rebotaban en las paredes de la torre, como si no fuera ya suficiente con sus voces normales y el eco ayudara a aprehenderlo como lo hacían ellos en esos momentos, y no le importaba, se había sentido bien haciéndolo, sintió que dejó su primera marca en algún lado –Ya que no quería aceptar la simple verdad de que lo hacía porque necesitaba atención más que la de su abuela–. Y ni siquiera el regaño del alcalde –Que por poco y no lo abofeteó y golpeó frente a aquellas personas para cuidar su reputación como alcalde–, pudo igualar la mirada de desaprobación que vio en los ojos de su abuela cuando pasó entre la decena de personas y lo vio a él, con la cara con algunos toques de rojo y azul en algunas partes. Al ver como se retiraba mirando triste al suelo sintió como el mundo se le cayó a los pies, y de repente se sintió mal con lo que hizo, tras prometer al alcalde que volvería a pintar la torre de blanco y reharía el símbolo del pueblo –Eso sí, con más detalles y con su toque personal de pintura–, salió a vagar por las calles de su pueblo, y en todo el día solo pensó en su abuela y en lo orgullosa que había estado de él cuando una vez le mostró uno de sus dibujos. Estaba tan furioso consigo mismo que cuando los chicos de siempre, de su misma edad –O sea, once–, lo venían a molestar como de costumbre trató de no matarlos al solo verlos.

–Pero miren a quién tenemos aquí –Exclamaba el jefe, un niño rechoncho de pelo amarillo y abrigos de pieles de diferentes animales, que a menudo era arrogante–. Si no es más que el chicocubeta.

–Oh, cállate –Le dijo sin mirarlo, no era apto en ese momento para soportarlo.

–No quisiste decir éso –Al pronunciar éstas palabras, el “cabeza-cubeta” volteó y vio como el jefe de los otros cuatro chicos se volteaba–. Chicos, agarrarle.

Y vio además como los cuatro chicos lo encerraban en un cuadrado, uno en cada esquina, acercándose a él mientras el jefe volteaba a ver que se cumplía lo ordenado.

Capítulo III – De la amnesia y otros médicos

Frecuentemente, el chico había sido el causante del pánico de las personas que habían ido recientemente a la plaza, seguramente en ese momento en la tarde ya se habrían calmado... Si no hubieran visto lo que había en la mitad de la plaza –La cual era el centro de la ciudad y en la que había decenas de caminos que daban a alguna casa, tienda o algún lugar con seres vivientes, el pasto que se había puesto en la fundación del pueblo hace ya siglos no existía y había sido cubierta la tierra por nieve, había banquetas que también habían sido llenas por la nieve, y estaba la torre de la ciudad, también cubierto por nieve, en realidad, toda cosa en la ciudad era cubierto por nieve–, dónde al parecer ocurrían las tragedias del pueblo. Cientos de personas se arremolinaban en frente de la torre, obviando que aún la pintura no había sido reemplazada, pero, ¿eso qué importaba comparado con lo que estaban presenciando? Toda persona despierta se habría dado cuenta de que algo había pasado en ese lugar, después de todo, uno solo debía salir de su casa para oler la sangre fresca, los gemidos de dolor y un que otro sonido de goteo. En el cuerpo que yacía frente a todas las personas –Aún atónitas por el grado de salvajismo que había en aquél acto– todavía podía verse las heridas abiertas, la sangre manaba de todas éstas como si de un grifo un poco abierto se tratara, cayendo gota a gota y no de otra forma. La cara del chico con los ojos cerrados y morados, su nariz también sangrante y su boca destrozada dejaban patidifusos a cualquiera que pasara, ¿quién se atrevería a cometer tal acto contra un chico? Que si bien no era inocente no se merecía ésto. Sólo pudo saberse que estaba desmayado y no muerto cuando al acercarse se notaba la débil respiración del pobre chico, pero no pudieron tratarlo hasta que convencieron a su abuela –Que se había arrodillado ante el cuerpo y llorado como nadie hubiera podido llorar ni lloraría por alguien– de que debía ser tratado con urgencia. El pueblo no tenía médico oficial en ese momento, pero lo había tenido alguna vez, quien había sido ahora se encontraba en la cárcel de la ciudad, en una de las celdas más recónditas y mejor cuidadas de ésta ya que hace meses le habían llevado a un muerto, y días después había salido aquél “muerto” –Que ya no lo estaba tanto– de aquella casa, así que lo encarcelaron porque creían que había practicado magia negra.

La cara alegre y cálida que alguna vez había tenido aquél médico había sido reemplazada por una huesuda casi en su totalidad, con una permanente expresión de tristeza, y las ganas de curar a la gente habían desaparecido para dar paso a una ansiedad por la soledad a la que había sido confinado hace algunos meses, desde aquél momento el pueblo no había tenido médico, pero en ese momento necesitaban uno. El alcalde del pueblo mismo había tomado al chico en sus brazos y había salido corriendo a la cárcel –La cual estaba desde siempre llena de polvo, bajo el polvo había ladrillos pintados de color negro, no había mas que celdas y celdas, nadie entraba y volvía a salir además del único policía que había en el pueblo y el alcalde, los barrotes de las celdas estaban ya oxidados, pero no había forma de que los criminales escaparan ya que además del médico no había ningún otro–, demostrando saber que la única forma de salvar al chico sería gracias al médico, pero al llegar a la celda en la que se encontraba, abrirla y poner el cuerpo del chico en la cama de metal de ésta, el médico se limitó a mirar al alcalde, luego al chico, acercarse al alcalde, que en ese momento parecía la persona más seria del mundo –Ya que su expresión era complementada con su largo pelo marrón hasta después de las orejas, su abrigo de pieles de diferentes animales, un cuerpo algo fornido y según algunos decían, un alma fría para cualquier cosa– y le escupió, aún cuando resonaron las palabras del médico huesudo en las paredes –Que tenía un parche en el ojo, y una gigante herida en el pecho– el alcalde permaneció impasible.

–Si han creído que porque es un niño salvaré su vida –musitó, con las fuerzas que le quedaban solo para hablar y mantenerse en píe gracias a la poca comida que le daban–, pues están equivocados.

–Si no lo haces, te cortaré la cabeza y haré que la pongan en la puerta de la cárcel, como advertencia a toda persona que se atreva a desafiar lo que digo –exclamó el alcalde con tono solemne.

–Si me cortas la cabeza tendrás dos muertos en tu ciudad –murmuró volviendo la mirada al cuerpo del chico que perdía cada vez más sangre–. Sabes tan bien como yo que soy la única persona capaz de curarlo.

–¿Qué debo hacer para que lo salves? –Preguntó el alcalde, por primera vez negociando con un criminal.

–Quiero que mi “crimen” sea perdonado, retomar mi titulo de médico, y que me entierren aquí, donde vi la verdad de cómo eran las personas de éste lugar.

–Así será.

–Bien, quita el cuerpo del chico de la cama un momento –exclamó el médico mendigo, con una media sonrisa que no se veía desde hace años, el alcalde procedió a hacer lo que decía, el médico dio una patada a la cama e hizo que se volteara dejando ver que debajo de ella había un equipo médico completo pegado con cinta –. ¿Cómo crees que sobreviví a las muchas infecciones que agarré gracias a la suciedad de este lugar?, ponlo en el suelo.

Y tras que el alcalde procediera a cumplir la orden dicha por el médico, hizo que todos salieran de su celda, menos el alcalde y la abuela del muchacho. Lo cosieron más de cinco veces, cada una de éstas en lugares distintos aunque nada que se viera con ropa puesta, montó el hombro que se había desmontado y trató las heridas para que no cogieran ninguna infección, así, en pocas horas el chico ya se encontraba tratado, pero aún inconsciente.

–Terminé, lleve al muchacho –musitó el médico, con su brazo derecho cubriendo sus ojos tras dar vuelta a la cama de metal de nuevo y recostarse en ella.

–¿Es que no te vas a tu casa? –Preguntó el alcalde, extrañado–. Aún está vacía.

–Mas taaaarde –Le respondió el médico echándose aire con la mano izquierda.

Sin hacer más preguntas el alcalde se llevó al chico en sus brazos, lo dejó en la casa de su abuela la cual estuvo toda la noche cuidando al muchacho, sentada a su lado en la tabla de madera que se suponía que era su cama. Ahí pasó, y solo a las tres de la mañana pudo estar tranquila, al ver como el chico abría por fin los ojos color rojo intenso –¿Era imaginación de la abuela o los tenía más carmesí que antes?–, la anciana lo abrazó y rompió en sollozos en el pecho del chico que parecía extrañado por ésto. Tras que se separara de él, lo llenó de pequeños besos en toda la cara –Algo babosos por la falta de dientes de ésta– y procedió a disculparse por haber parecido decepcionada y le prometió que jamás podría llegar a decepcionarse de él. El chico no le respondió, se limitó a abrazarla sin saber porqué su abuela lo abrazaba. Su último recuerdo era el de haberla visto salir de la torre de la ciudad, no recordaba nada de después de verla salir de ese lugar con una expresión triste, como si hubiera un vacío entre ese momento y el que ahora estaba viviendo. Era como si hubiera viajado en el tiempo un día entero, estaba confundido. Y no podía quedarse con la duda, después de todo, sintió todas las heridas que había recibido, y los puntos aún sin retirar en su espalda y otras partes de su cuerpo, así que, se sentó en la cama y preguntó a su abuela.

–¿Qué... qué pasó?

–¿Que qué pasó? Qué no pasó sería una respuesta más fácil de decir –Aclaró su abuela, con los ojos recubiertos de una capa de agua que amenazaba con salir de nuevo. Era una anciana en todo el sentido de la palabra, tenía un pelo corto de militar y blanco como la nieve que estaba en todas partes del pueblo, andaba siempre de bata y unas cotizas de flores naranjas, las únicas que tenía, en su juventud había sido una de las chicas más bellas de su pueblo, pero en el pasar de los años los rasgos se le fueron endureciendo y dando un toque más masculino. Tenía arrugas en todas partes, y cuando levantaba los brazos se formaba una capa de cuero debajo de ellos con el que cuando tenía cinco jugaba. Contuvo las palabras un poco más antes de volver a romper en sollozos, y lo único que pudo oír entre esas palabras fueron suficientes–. T-te-gol-gol-pe-pe-aron-ron –Logró entender, todos los recuerdos le regresaron, y una coraza se formó en su corazón. Habían sido los chicos, y debían pagarlo –. Y ca-ca-si-si mu-mu-eres–. “Ojo por ojo, diente por diente”, pensó.

Capítulo IV – Corazón coraza

Cuando la luna se alzó anunciando así el comienzo de la larga noche, el chico ya estaba preparado.  Había pasado días en la cama, dolido por las heridas y recuperándose cada vez más, hace unos días había logrado recuperarse completamente, y puso en marcha el plan que tanto había pensado esas noches, en su mente era perfecto. Aquél lunes –Estaba en jueves– en la madrugada cuando visualizó el primer albor,  se había escapado de su cama y había recorrido el pueblo buscando los ropajes que necesitaría para llevar a cabo sus pensamientos y hacer que se volvieran una realidad.  Las ropas que se había llevado aquella madrugada fueron reemplazadas por una camisa manga larga de color blanco que era muy grande para él y para cualquier persona de su edad, pero así la necesitaba, un pantalón hasta la rodilla que a el le servía de vaqueros de color negro, un gorro de lana de color rojo que fácilmente le cubría toda la cara, y unas deportivas de color negro. Era la mejor ropa que había usado en toda su vida, y seguramente la que más dinero le habría costado a alguien, pero todo ésto lo encontró en un tendedero de una casa escogida al azar en el pueblo. Había sido lo más sigiloso posible, y a pesar de que ésta no fuera una habilidad en la que el muchacho destacara mucho lo había logrado, a duras penas, sí, pero lo había logrado. Nadie se dio cuenta del intercambio de ropa que había hecho, nadie jamás preguntó por esa vestimenta nueva, ni siquiera su abuela que sabía perfectamente que ella no la había comprado –Pero que no confiaba del todo en su memoria gracias a que ya tenía mas de sesenta–. Además, el martes se había tomado la molestia de robar una cuerda, resistente y de color marrón. Asimismo el miércoles se adentró en la torre del pueblo, y tomó botes de pintura de color rojo, además de tomar el poco que quedaba de blanco y negro que habían quedado tras volver a pintar el símbolo del pueblo, y heno, bastante heno. Llegó el jueves, y su plan estaba casi completo, solo era necesario ejecutarlo.

A pesar del frío que había en el pueblo, y más en las noches, el chico sudaba tanto como podía gracias a los nervios, su frente se había perlado y su piel había adquirido un tono pálido, casi como alguien muerto hace unos días. Los pasos del chico eran cada vez más silenciosos gracias al entrenamiento que se había permitido poco antes de empezar a recolectar las cosas necesarias, se había vuelto alguien experto en éso, podía robar con facilidad sin ser descubierto y no dejar rastro ni pista de que alguna vez estuvo ahí.  Sus zapatos habían adquirido una pequeña humedad, sus ojos se concentraban en la luna en algunas ocasiones en medio del camino como si la luna fuera la única señal de que seguía vivo. Su respiración era agitada y podía notarse que al exhalar se formaba una niebla gélida casi como si pudiera botar hielos de su boca. El camino que antes se le hacía corto ahora era para él larguísimo, y no sabía si era por los nervios o porque su mente le decía que lo que iba a hacer no era lo correcto. Aún así, cuando vislumbró a lo lejos el fin de su camino,  miró a la luna y exhaló sus nervios, ahora solo quedaba para él la razón de cumplir su misión. Se paró frente a ella, la gran casa de quien había sido el responsable de sus heridas, alta y ancha, casi podía considerarse una mansión, la casa era de madera en su totalidad, una madera fuerte y negra, tan negra como el color negro, pero menos negra que la oscuridad. Para pasar a aquella casa donde vivía tanto el alcalde, como su esposa e hijo –Quien había ordenado que lo golpearan–. primero se debía pasar por la reja que había en su frente, de metal negro también y que en la parte de arriba poseía picas –Como en las que se clavaban cabezas– para que la gente no pudiera saltarla. El único defecto que encontró en ésto fue un árbol cercano, que a pesar de que no tenía ramas que le permitieran subirse y pasar por ahí, si había una forma de pasar gracias a éste. El muchacho de cabello marrón saltó contra el tronco del árbol, apoyando las dos piernas en él al momento de su salto, se impulsó hacia arriba con sus piernas y giró en el aire hasta traspasar la reja sin ningún problema cayendo de píe en el pasto recubierto de nieve. Levantó sus brazos formando una “Y” e hizo reverencias y tiró besos a un publico imaginario. Corrió sin hacer mucho ruido a una pared de la casa, y comenzó a pintar. 

El sol salió al día siguiente, los gallos comenzaron a cantar y las luces pasaban por la ventana de la casa, el pequeño hijo del alcalde se había levantado como si fuera un día normal como cualquier otro, su pelo rubio se encontraba despeinado y tenía baba seca en la mejilla derecha, se dirigió a su baño donde pudo limpiarse ésta, se despojó de sus ropas de dormir y pasó a vestir como vestía casi siempre, con un conjunto de marinero de color azul, con gorro incluido. Bajó las escaleras de su casa mientras ordenaba a su sirvienta que lo ordenara, con gritos e insultos a ésta, llegó a la cocina y allí ordenó a la cocinera que le cocinara su comida preferida, un bistec cocinado a la perfección, jugoso y delicioso con puré de papas a un lado, y una copa de vino –Sí, su padre le permitía beber vino–. Tras que ésta le sirviera comió, saludó a su madre que iba a trabajar y se despidió de su padre que iba a hacer lo mismo. Salió de la casa en busca de algo que hacer, pero estaba taaan aburrido, ayer había votado su sexagésima cuarta pelota y su padre le había dicho que le traería otra hoy cuando regresara del trabajo, además que todos los juguetes que tenía no lo divertían ya, por lo que buscó en las afueras de su casa, somo si ahí hubiera un secreto o como si fuera a encontrar su pelota desaparecida. Pero lo que encontró en la pared izquierda de su casa fue otra cosa, la madera había sido cubierta por pintura blanca y se había pintado un águila roja con un cráneo como cabeza abriendo las alas y mostrando sus garras. Pero lo que más lo horrorizó y lo hizo soltar un grito con un tono casi que de niña fue que atado a una de las altas picas que había en el frente de su casa se encontraba un muñeco de heno, pintado en él había ropa roja de marinero como la que él usaba, sus ojos eran “x” y en el cuello tenía una cuerda con un nudo ahorcado, escrito en la frente del muñeco estaba la palabra “Tú dentro de poco”. El temor lo invadió.

Entre las ramas del árbol que había cerca de la casa del hijo del alcalde se encontraba escondido el muchacho de cabellos marrones, que veía con una sonrisa de satisfacción como el chico gritaba horrorizado por tal cosa. La noche anterior se había encargado de no dejar rastro de pisadas o forma de que supieran que había sido él. Su deseo de venganza aún no estaba saciado, aún pedía más, pero él sabía que su venganza no había terminado, en realidad, apenas estaba empezando ya que su corazón coraza lo pedía.

Capítulo V – ¡Sunfyre!

Solo tardó en llegar el viernes en la mañana, cuando el sol se posicionó en el lugar exacto para que los gallos empezaran a cantar para que el único policía que había en el pueblo viniera junto a un grupo de hombres robustos y altos –Pero que formalmente no podían llamarse guardianes del pueblo o policías– para interrogar al muchacho, lo habían tomado a la fuerza de su cama, sacado de su casa y llevado a rastras a la cárcel, donde en la oficina del policía –Único lugar donde no había tanto polvo– que ahí había empezaron a hacerle cuantas preguntas se pudiesen hacer. En todo el camino que hubo de un lugar a otro el chico mantuvo una sonrisa de satisfacción, como si en realidad jamás hubiera hecho nada y supiera que deberían liberarlo tras que el respondiera esas preguntas, como si supiera que saldría ileso de aquél lugar oscuro y lleno de polvo que se hacía llamar prisión. Lo obligaron a sentarse en la silla donde muchas veces había visto al policía quedarse dormido, frente a él se sentó quien se hacía llamar la ley, un hombre flaco y de un tamaño normal, con poco cabello, una cara sudada y gorda –Como si los kilos que le faltaban en el cuerpo los tuviera en la cara– y con una sonrisa de dientes amarillos, al hablar su aliento era caliente y desprendía un olor horrible, como si jamás se hubiera lavado la boca o al menos no en años. Su voz era la de alguien débil que jamás hubiera podido presionar a alguien si no hubiera sido con la ayuda de los hombres que tenía detrás, dos hombres fornidos que lo acompañaban y lo “ayudaban a ejercer la ley”. Procedió a hacerle la primera pregunta.

—¿Sabe usted algo sobre lo que ha acontecido en la casa del alcalde el día anterior.

—Síp. —Le respondió el chico.

—¿Y cómo sabe usted lo que pasó?

—Las calles hablan. —exclamó el chico sacando un pan de su bolsillo y pegándole un mordisco.

—¿Niega usted haber estado implicado?

—Nop.

—¿O sea que está confesando estar involucrado en lo sucedido?

—Nop.

—¿A qué se refiere entonces, caballero?

—Pues, no niego haber estado involucrado, pero tampoco confieso estarlo, ahora, ¿Ha terminado usted con las preguntas?

—Una última pregunta. ¿Cual es su nombre?

—No lo sé, adiós. —exclamó el chico terminando de comerse su pan y procediendo a retirarse con una sonrisa de satisfacción en la cara. 

Salió de aquel lugar sin que nadie pudiera impedírselo pasando por la mirada patidifusa de los dos guardias y por la mirada asesina del alcalde que creía con todo su ser que él había sido el responsable de aquél acto, no había más que la intuición de las personas que creían que él estaba involucrado por aquél símbolo, pruebas no habían, no había dejado alguna y si hubieran encontrado alguna hubiera sido porque el hubiera querido, pero no quiso. Cuando llegó a su casa su abuela aún no había despertado, hace días que estaba así, cada día durmiendo más, sintiéndose su presencia cada vez menos en la casa, la cual hace meses no solo se sentía en la humilde cabaña si no en todo el pueblo. Su abuela había sido la primera niña en nacer en el pueblo, y lo había visto en la época más fuerte, cuando solo era lugar para cinco casas y todo lo demás era bosque, además de que en ese momento aún no había aparecido el cambio climático que dejó su marca en el pueblo e hizo que todo se volviera frío, desde su juventud la gente reconocía la calidez de aquella chica que podía descongelar hasta los corazones más fríos, y varios hombres habían muerto gracias a los desaires de aquella mujer quien se mantuvo libre de relaciones la mayor parte de su vida hasta que en una edad ya avanzada se enamoró de un hombre extranjero fuerte y robusto que olía a aventura por donde quiera que pasaba y traía consigo fiestas y descontrol. Y si no hubiera sido por la casualidad de que aquél extranjero necesitaba un lugar donde quedarse y la única soltera del pueblo era aquella dama, el muchacho de cabellos marrones y ojos carmesí no estaría vivo.

Al entrar en su cuarto al primero que vio acostado en su cama era a su pequeño perro, era una miniatura de color blanco, ojos achinados y pelo puntiagudo que poseía unos grandes colmillos y cada vez que veía al chico empezaba a jadear para que le hiciera cariños. El perro saltó hacia su compañero nada más verlo, el chico lo atrapó en el aire, se sentó en la cama y empezó a acariciarlo. Tenían una gran relación pero su abuela acostumbraba a atarlo o dejarlo encerrado en algún lugar y fue gracias a ésto que aquél día que lo golpearon el perro no acudió a su ayuda, aún así, su abuelo le contó que lo había visto intentar escapar del lugar que lo había atado y ladrando como perro rabioso  aquella tarde en que le habían dado una paliza. Sintió las lamidas de su perro en la cara, trató de limpiar la baba que dejaba en su cara pero cada vez que se quitaba la baba de una parte el perro le lamía la cara en otro lugar así que el chico se resignó a aceptar el cariño del animal. Lo había llamado Sunfyre, gracias a que su abuela se lo había traído la noche en que más hubo calor en el pueblo cuando él tenía diez años, ese día la gente creyó que los grados invernales que tenía el pueblo desde hace décadas por fin desaparecerían y darían paso al lugar caluroso que era antes —El día siguiente volvió a ser super frío como era costumbre— por lo que el chico creyó que ese sería el mejor nombre para el perro, haciéndole homenaje a ese día. Desde ese día no había crecido mucho, pero sí su amistad con él. 

—Amigo, te necesito para una cosa. —Le dijo el chico en voz baja con Sunfyre aún en sus brazos. El perro jadeó y alzó una pata como si le entendiera y diera su aprobación.

Aquella misma noche la luna ya se había alzado y reemplazado a su pareja, la gente se había ido a dormir y no había nadie en las calles, excepto él. Salió solo por la noche, con su gorro de lana cubriéndole la cara —Aún así podía ver a través de éste—, no sudaba, no se encontraba nervioso, sólo sabía lo que tenía que hacer. Se dirigía a la calle de las personas de clase alta que en ciertas ocasiones visitaban la plaza, visualizó la casa del alcalde cuando pasó al lado de aquél lugar, ahora estaba más protegida que antes, su mirada chocó contra la del alcalde que vigiló cuando pasó por el frente de su casa, una mirada fría sin duda alguna de éso. Aún así su objetivo no era aquella casa, si no la calle en la que comúnmente transitaba el hijo del alcalde y su pandilla —Sí, sus padres lo tenían tan malcriado que a pesar de haber recibido amenazas de muerte hace poco lo habían dejado salir—. Al encontrarlos tomó una forma de caminar algo orgullosa y una sonrisa se formó en su cara que reflejó la definición de arrogancia. Cuando el hijo del alcalde lo vio se escondió detrás de sus protectores, definitivamente le tenía miedo. 

—Pensé que dirías, “pero mira a quién tenemos aquí”. —Exclamó con arrogancia desmedida el chico de ojos carmesí—. “Si no es más que el chico-cubeta”.

—T-tú... ¿Qué haces aquí? 

—Vengo a terminar con unas deudas —Su tono cambió a amenazante, los cuatro chicos de su edad lo rodearon haciendo un cuadrado como la última vez y acercándose a él—. Oh, no, eso no funcionará otra vez. 

¡Sunfyre! Su voz restalló como quien golpea a alguien con un látigo, y el perro apareció de entre las sombras, gruñendo para después con una rapidez sumamente impresionante morder a los cuatro chicos en el muslo, dejándolos sin movilidad alguna, la sangre manaba de sus muslos y el perro mordió una y otra vez a los chicos como si tuviera un orden en específico. El chico de ojos carmesí se acercó al hijo del alcalde que había caído al ver al perro, apretando el puño.


Y tú... tú eres mío.

Capítulo VI — Un momento de tiempo.

Él no era el agua, era la sed, no era la sal, era la herida, no era aquello que enardecía la herida, él era el causante de la desesperación de aquellos habitantes cansados de una desgracia tras otra en un pueblo en el que el invierno no parecía querer desaparecer. Era la dulce recaída al mal del cual las personas trataban de alejarse, él y solo él, era el causante de aquello a pesar de que no lo quería, más no todo lo que se hace se quiere hacer, así como todos los que vagan no están perdidos o no todos los que mueren están vivos. Él se encontraba entre sus pensamientos, entre el todo y el nada, pensando en la muerte en la vida y en todo lo  que había entre ellas, en el pequeño tiempo que había entre las dos y que podía parecer una eternidad para algunas personas, pero para él era un simple instante. Para él, cuando se movía hacia alguna parte se alejaba de otra, siempre era así, y debía decidir a qué lado moverse. Tras haber cometido aquél acto tan atroz no podía más que arrepentirse, aún oía en su cabeza los gritos de Sean Cohen, apellido que tenía una larga historia que él en ese momento no quería recordar, y es que simplemente no podía hacer otra cosa más que caminar hacia su casa mientras oía los gritos de aquél chico de cabellos rubios que si bien había cometido el mismo acto y merecía lo que le había pasado, él, el chico-cubeta no había tenido que rebajarse a su nivel. Su perro se relamía las fauces con la sangre de los chicos que habían dejado atrás, y a pesar de que no los había matado les había hecho un gran daño más no el necesario para desangrarse antes de que pudieran encontrarlos y curarlos. Además, cuando llegara a su casa no sabría como enfrentarse a la realidad que lo azotaba todos los días, su abuela estaba envejeciendo y con la vejez venían las enfermedades, su abuela en ese momento yacía en cama y él lo mejor que podía hacer era ver como sucumbía ante aquella enfermedad que la dejaba cada vez más debilitada y cada vez menos cuerda. No tenía idea de lo que le esperaba en ese momento, ni lo que le esperaría tras entrar su casa junto a su abuela, solo estaba consciente de lo que sucedía en ese momento, y eso porque él lo decidía, ya que uno decide cuando estar consciente de lo que sucede alrededor, cómo y cuando darnos cuenta de que sucedió. Mientras más sucedían las muertes, más la gente pensaba en la vida, esa era su naturaleza y su forma de ser. De su cuerpo salía un halo sombrío no exento de crueldad, estaba cabizbajo caminando por las calles, reconociendo cada nieve que pisaba gracias a la profundidad de ésta, y sabía que estaba cerca de su casa, pasó por la inexistente puerta de  ésta aún sin saber lo que le esperaría.

Cuando puso su primer píe en aquél lugar un crujido retumbó en las paredes de la casa amenazando con caerse. Aquella casa era técnicamente un asentamiento ancestral que hasta poseía su propio nombre, Esperanza, así la había nombrado su bisabuelo cuando la construyó y aún en ese momento, con la madera claramente podrida por todo los años que había tenido que soportar, se mantenía en pie, ya que la Esperanza de su familia también se había mantenido de píe por todo ese tiempo. Aún era de noche, los pequeños ápices de luz nocturna, que lograba traspasar todas las cosas que tenía que pasar para llegar a la inexistente puerta de la casa, era la única luz que había en ese momento en aquél lugar. El sonido de la voz de su abuela ensombreció su mirada aún más de lo que la tenía después de hacer lo que había hecho.

—Terfell, ¿eres tú? —Preguntó aquella voz apagada, fina y que claramente provenía de la madre de su padre—. Ven, ven a hablar conmigo después de tanto tiempo—. Exclamaba su abuela, tras eso aquella mujer rió lo más que pudo hasta que la tos la obligó a parar. Sintió pena en aquél momento y cumplió el deseo de su moribunda abuela de poder hablar con su “hijo” una vez más. Se acercó a ella en la oscuridad total, prendiendo una vela con fósforo que se encontraba en la mesa de noche de la anciana. Se sentó a su lado, en la cama con los ojos totalmente inundados de lagrimas pero aún sin derramar ninguna, su abuela había empezado a delirar y en ese momento lo confundía con su difunto padre. Su mirada era perdida, ni siquiera lo miraba a la cara pero fácilmente logró localizarla con su mano que le pasó por la mejilla derecha como una suave caricia para dormir—. Terfell, eres un tonto, lo sabes ¿no? —. Le confesó su “madre” riendo un poco tras decir las palabras—. Por fin te sientas a compartir conmigo un rato, la muerte te vino mal—. Rió nuevamente —. Hijo mío, no debiste dejarlo, no me hubiera importado que me dejaras a mí, después de todo, estoy vieja ya, y podía valerme sola... pero a él no, Terfell, a él no... Eso no fue lo que te enseñé ¿o sí? —. Su cara cambió y dio paso a la tristeza, los ojos de su abuela se humedecieron—. No tenías que morir, no debiste morir... Hijo mío, no podías morir, pero lo hiciste—. Proclamó y tosió nuevamente —. Debiste haberlo nombrado primero, debiste haberlo hecho... Como tu abuelo, debiste de haberlo hecho... Pero moriste hijo mío... Y no pude ponerle un nombre.... —. Declaró, él sabía que no poseía nombre alguno a diferencia de los demás chicos y chicas habitantes del pueblo, jamás había oído a su abuela llamarle diferente que “nieto” o “chico tonto” pero siempre había creído poseer uno—. Autumn, sé que ese era el nombre que querías ponerle... pero no pudiste... moriste antes, dejándolo sólo conmigo —. Lagrimas recorrían su cara en aquél instante, lagrimas de dolor por el reencuentro de una madre con su difunto hijo—. Hijo mío, no te preocupes, pronto estaré contigo eternamente, como en los viejos tiempos, ya falta poco. —. Confesó su abuela cambiando su gesto de tristeza a una pequeña sonrisa mientras las lagrimas seguían recorriendo su cara—. Él me recuerda mucho a ti ¿lo sabías? Posee esa personalidad característica de nuestra estirpe... me recuerda a ti... y eso me preocupa hijo mío, eso me preocupa. ¿Sabes? No he comido en días, pero no importa, después de todo, él si lo ha hecho —La sonrisa era de auténtica felicidad—. Hijo mío, quiero decirle que se llama Autumn, pero ya es muy tarde. Quiero un momento de tiempo con él, pero solo me queda entregarme a la muerte con los brazos abiertos, como una vieja amiga...—Musitó cerrando sus ojos con la sonrisa aún en la cara. Había muerto. El chico se paró de la cama, dejando ahí el cadáver, la casa empezó a romperse poco a poco pero él seguía caminando cabizbajo, derramando lágrimas sin decir una palabra, y sólo terminó de caerse la casa cuando él salió completamente de ella. La Esperanza había muerto con su abuela. Caminó hasta la plaza central, frente a torre de la ciudad, puso sus manos atrás de su cuello y minutos después él se quedaba inmóvil sin resistirse al arresto que le hacían en ese momento. Los gritos que el policía emitía no podía oírlos, pero sabía que estaba gritando. Su Esperanza había muerto aquella noche, cuando Autumn había presenciado como su abuela iba hacia la muerte como quien recibe a una vieja amiga.

Capítulo VII — Bonito pequeño perro

Las experiencias, hayan causado sufrimiento o placer, dan forma a nuestra alma. La pintan de matices que dicen en susurros quiénes somos, para que las personas hagan el esfuerzo de escucharnos bajito. Lo mismo sucede con las personas que han dejado huella en nuestra vida. Hayan sido buenas o malas, su compañía ha modificado nuestro camino definiendo, con esos pequeños e importantes matices, quiénes somos. El deseo mueve montañas de instantes y el amor mueve cordilleras de vida. El deseo es generoso en intensidad y fugaz en el tiempo, el amor es un fuego lento con una fuerza incomparable. Más, el amor y el deseo habían muerto con la esperanza, las experiencias pasadas eran borradas de la memoria de aquellas personas que ya no poseían esperanza y por lo tanto no poseían una segunda oportunidad sobre la tierra. Las huellas se borran con el viento fresco que se lleva consigo los buenos y malos recuerdos, el camino es destrozado por las tormentas que lo parten y resquebrajan hasta hacerlo cenizas, y quienes somos se vuelve nada cuando una persona decide que así es, desaparece con el viento traído por las tormentas, que las traía la muerte y la muerte era traída por la falta de esperanza en las personas. Por lo que él, quien por fin poseía un nombre, no era nadie. Y, si nadie moría, todos eran felices, todos podían vivir en paz, pero, ¿quienes eran todos, o quién era todos? Pues todos. Si nadie vivía, eso significaba la muerte de todos, y quizás la muerte de todos era lo que hacía que nadie estuviera en guerra, pero tampoco en paz, cuando nadie existía, vivo o muerto, no pasaba nada. Miradas perdidas de decepción, maldiciones y otras barbaridades salían de la boca de los hombres y mujeres de aquél pueblo que lo había visto nacer, crecer y convertirse en nadie, hasta escupitajos había, comida tirada a él, todo tipo de objetos, y solo algunas miradas de pena, escasas, pero había. Tanto habían llegado a tirarle y acertarle que, cuando subía las escaleras que lo dirigían a la escalera de madera donde moriría fusilado,  era irreconocible, poseía sangre brotando de una pequeña herida en su cabeza, sucio por todas partes y comida en sus ropas, pero aún así, se mantenía con una sonrisa y derramando lagrimas en silencio, ni siquiera se oía su respiración, solo podía verse su sonrisa y sus lagrimas cayendo de su rostro. Había subido por las escaleras derechas otra persona que parecía ser otro prisionero que había sido condenado a muerte, ahora se encontraba a su lado, de rodillas como él, mirando a la pared de madera y derramando lagrimas de dolor el prisionero le preguntó: —¿Y ahora qué? —le había dicho en aquella ocasión, con tono asustado, su mirada caída y sus labios temblando. —No sé, es la primera vez que me ejecutan.—Le había respondido Autumn en esa ocasión, soltando unas pequeñas risas tras de eso subiendo los hombros asimismo.

Una sombra los cubrió a los dos, era el alcalde, Marcus Cohen, con su aspecto imponente, su gran altura, su complexión fuerte y los pelajes de animales cubriéndolo del frío. Éste utimo nombrado tocó su cabeza con una escopeta haciendo que esta instintivamente se moviera un poco. —¡Quieto! —Había exclamado, con voz gruesa que expresaba totalmente la cólera de su interior. —Tú, bandido de estirpe inmunda, has robado a alguien de alcurnia y por eso mereces la muerte —Había dicho, sabía que no se refería a él porque Autumn no se había robado nada—. Y tú, quien abusó de mi honor, hirió a mi orgullo y atentó contra la vida de mi hijo, merece algo peor que la muerte, esperemos que el Dios tenga algo preparado algo peor que cualquiera de los Siete Infiernos de los que tanto hablan las leyendas, por ahora, yo, Marcus Cohen, alcalde de Nido de Águilas, os sentencio a muerte. No tienes derecho a unas ultimas palabras —Le había dicho Marcus, refiriéndose a Autumn—. Pero tú, ladronzuelo, te permito unas. —El prisionero miró al chico de los ojos carmesí y negó con la cabeza—. Morid.

El alcalde había retrocedido lo suficiente para que la cabeza de Autumn no explotara al disparar. Primero disparó al ladrón, la sangre cayó en la boca del chico llenando también toda su cara, ahora le tocaba a él. Sonrió con más fuerza que nunca,  no habría de esperar tanto antes de reunirse con quien hace poco había muerto. Más un interludio en el crepitar del silencio retumbó en los oídos de Autumn cuando oyó caer algo a sus pies, eran dos pequeñas cosas, el alcalde, sorprendido cayó de bruces al suelo que había atrás de la madera donde se encontraba parado, no sólo por lo atónito que estaba si no por la ráfaga de viento que lo había azotado en ese instante. Autumn giró y vio la bala partida en dos. Al lado de él, a su derecha, se encontraba el médico que lo había curado, quien le había salvado la vida, según lo que sabía, claro. Poseía un estoque en la mano derecha y tres navajas cortas en la otra. Un halo de grandeza, eso era lo que rodeaba a aquél hombre en ese momento—. Quiero que lo liberen —. Proclamó con un tono sombrío e intrigante para cualquier persona—. No es una petición, es una orden. —Había dicho con un tono arrogante, Autumn miró la sonrisa de satisfacción, como si hace mucho hubiera querido decir eso pero hasta ese momento no hubiera tenido la oportunidad. Un disparo proveniente del arma del alcalde fue directo al chico nuevamente, y tras eso, otro disparo al médico. En un segundo otra vez estaban cayendo las mitades de la bala que se dirigía hacia el chico y el médico ahora se encontraba a su izquierda, por lo que la bala no pudo siquiera tocarle. —¡Atáquenlo! —Había gritado el alcalde a sus grandes hombres de negro corpulentos, más cuando estos hicieron acto de presencia poniéndose delante de él cayeron al suelo con las gargantas cortadas. De repente, el médico que aún estaba a su lado y que no se había movido según sabía, poseía las tres navajas de su mano izquierda ensangrentadas. —No me están entendiendo, me iré de aquí con el chico, sano y salvo—. Exclamó el médico. Esa misma noche liberaron a Autumn, quien también estaba preparado para partir con quién lo había tomado, él no sabía a donde irían, o que pasaría con él, pero nadie sabía eso. Y él ya no era nadie. Creyó que Sunfyre, su perro, iría con ellos.

—¿Sunfyre no viene? —Le preguntó al médico, desconocía su nombre

—Lo siento, chico. —Había dicho—. Pero para que nos dejaran ir sin perseguirnos hice un acuerdo.

—¡Sunfyre! —Exclamó él, llamándolo, más no acudió a él.

—No mires. —Musitó el médico, como advirtiéndole de algo, intentando cerrarle los ojos con su mano, más él se la quitó rápidamente y observó en la puerta de la ciudad, justo cuando se iba, como el hijo del alcalde lucía un nuevo pelaje en el cuello. 

—Bonito pequeño perro, logré hacer algo bueno con él —Había visto la sonrisa del hijo del alcalde en es momento, mientras con la mano se despedía de él.

Fin del primer arco

Tras esto...

<center>Inserte aquí nombre no pensado del siguiente arco.</center>

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SBS

En esta sección, todos los que hayáis leído este arco podéis preguntar lo que queráis. Yo responderé con la mayor sinceridad que pueda a cualquier pregunta. Y, como este arco solo ha constado de siete capítulos serán dos preguntas por usuario. ¡Empezad!

Lgarabato: ¿Qué raza de perro era Sunfyre, en paz descanse?

  • Mars: La raza de Sunfyre, no era ni más ni menos que un Gran Pirineo.

Kizalong77: Me tienes un poco desorientado... ¿En que línea temporal se sitúa la historia, en la original, en un futuro como la de Two Piece o en un universo paralelo como los Free Soul? Y como son dos preguntas... ¿De qué murió, si puede saberse, el padre de Autumn?

  • Mars: La línea temporal quedará clara llegando a los capítulos finales o quizás antes, es uno de los secretos de esta historia, no puedo dar más detalles. El padre de Autumn murió en batalla, gracias a algunas heridas recibidas en ésta, ya lo veremos con más detalles después.

Sr Gelatina: Atónito me hallo por esta historia con tantos giros inesperados, aunque le faltaba sangre y tripas, mi cuestión es esta: ¿El medico es usuario de alguna fruta del diablo? Es obvio que si, porque que yo sepa LA GENTE NO RESUCITA ASÍ COMO ASÍ, pero me gustaría saberlo de  todas formas. Y ya que puedo hacer dos preguntas, pues, ¿cual es el apellido de Autumn?

  • Mars: ¿Usuario de fruta del diablo? sí, ¿tiene algo que ver con la resurrección de aquél hombre? también. La familia de Autumn no posee apellido alguno, se reconocen entre ellos por su tradición de poseer el nombre de una estación, Autumn, Winter, Summer, Spring.

Darkarchangel: Primero que nada tengo algunas cosas que si bien ya has oído salir de mi boca (virtualmente al menos) quiero decirlas de nuevo. Me encanta la historia, me encanta el estilo y si bien me dan ganas de golpearte por algunas escenas tristes, en general me fascino. Mis preguntas son la siguiente:

¿En que mar se desarrolla la historia? ¿Y cuál es el nombre del Médico?

  • Mars: La historia se desarrolla en el mar azul ¡Já, pregunta desperdiciada! sólo hay un mar. El nombre del médico es Brynden, como se puede ver en la lista de personajes.

Referencias

Aquí se enlistarán por orden todas las referencias que hay en ésta historia.

  • Capítulo I
    • El título y el nombre de la historia ya de por sí son referencias, hacen referencia a la frase de Robb Stark, de la saga Canción de Hielo y Fuego. "He ganado cada batalla, pero estoy perdiendo esta guerra".
    • El símbolo de la ciudad está totalmente basado en el emblema de la Casa Arryn de la saga Canción de Hielo y Fuego.
  • Capítulo II
    • El título es una clara referencia a Legend of Zelda: Majora's Mask.
    • El símbolo que crea el protagonista es el símbolo con que se representa al karma "bio-terrorista" en Infamous Second Son.
  • Capítulo III
    • El título hace referencia al libro "Del amor y otros demonios" de Gabriel García Márquez.
  • Capítulo IV
    • El título hace referencia al poema de Mario Benedetti homónimo.
    • La pintura que se encuentra el hijo del alcalde está basada en el karma "Infame" de Infamous Second Son.
  • Capítulo V
    • El nombre del perro está basado en Sunfyre, uno de los dragones participantes de la Danza de Dragones, un evento acaecido en la saga Canción de Hielo y Fuego.
  • Capítulo VI
    • El título hace referencia a las últimas palabras de Isabel I de Inglaterra. "Todas mis posesiones por un momento de tiempo" había dicho.

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